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Re-Evolución en Salud II: Reconocer las amenazas a nuestros territorios, para actuar colectivamente

Reconocer las amenazas a nuestros territorios, para actuar colectivamente

Para desarrollar una  propuesta como la que planteamos en el artículo anterior, orientada a caminar hacia una Salud Colectiva, se hace necesario observar a Chiloé como un territorio diverso, complejo e histórico y no sólo como un espacio geográfico “alejado o aislado” donde se producen “factores de riesgo”. Nuestro archipiélago es un espacio construido de diversas relaciones entre comunidades y naturalezas, que han sido transformadas violentamente desde la imposición de un sistema basado en la producción y acumulación acelerada de capital para unos pocos privilegiados, que ha trastocado los modos de vida de las comunidades incidiendo en cómo se vive y cómo se muere. Ejemplo de ello son las precarias condiciones laborales de los operarios de salmoneras y el impacto que esta actividad ha tenido en los mares de Chiloé; los altos indicadores de enfermedades crónicas cardiovasculares, que en gran parte se deben a una alimentación que pasó de natural a industrializada; la sobreexplotación del ponpón (Sphagnum moss) y los bosques nativos con fines comerciales o la implementación de vertederos en zonas habitadas y santuarios de la naturaleza. 

Está ampliamente documentado que la sobreexplotación de los recursos naturales, la pérdida de ecosistemas naturales y la disminución de biodiversidad, sumados al calentamiento global, afectan directamente nuestro acceso a recursos básicos y nuestra calidad de vida y además inciden directamente en la generación de enfermedades, en su mayoría zoonóticas, es decir, transmitidas al ser humano por animales, como es hoy el caso del COVID-19, pero también algunas que ya están presentes en nuestro territorio, como la hidatidosis o la triquinosis y otras emergentes, como el tifus de los matorrales, que ha afectado principalmente a habitantes de sectores rurales del archipiélago de Chiloé. 

En contra de cierta retórica tecnocrática, debemos declarar que las anteriores amenazas no representan “un desafío actual” para el sistema de salud público. Simplemente porque nuestro sistema es hoy ciego a este tipo de daños eco-socio-sanitarios que han avanzado progresivamente por todo el archipiélago desde la década de 1980. Son problemas que se han dejado “fuera del box de atención” y, en el mejor de los casos, han sido asociados a los “determinantes sociales de la salud”, quedando para la acción inexistente de un lugar meramente retórico llamado “intersector”.

Participación-Acción. Comunidad de Chelín. Alejandra Leighton Naranjo y Soledad Burgos De La Vega

Pensado desde la Salud Colectiva, el real “desafío post pandemia” es senti-pensarnos como habitantes de un archipiélago que conformamos un sistema de salud en sí mismo y también conectado al resto de la región y al país. Es hacernos conscientes de las amenazas que actualmente enfrenta nuestro territorio y de las que pueden venir, para buscar estrategias familiares, colectivas y también institucionales, que nos permitan potenciar procesos protectores y de resguardo ampliado del buen vivir. Para ello es necesario mirar un poco hacia atrás y ver que hasta hace unas décadas los factores protectores en las islas eran sus recursos naturales y el uso racional y respetuoso de estos; su soberanía alimentaria, es decir, la capacidad de producir localmente sus propios alimentos; el trabajo comunitario y el apoyo entre vecinos. Indudablemente no podemos volver a esos tiempos, pero sí tomar de ellos lo que hoy podamos desde nuestros territorios y comunidades. Es decir, potenciar acciones locales para contribuir a procesos globales de transformación ecológica, social, cultural y sanitaria. Y en lo institucional, ser agentes activos y críticos en demandar al Estado la protección de la salud y bienestar de los habitantes de Chiloé como un derecho humano, no sólo con más hospitales y atenciones de salud curativas, sino con políticas y estrategias integrales de resguardo ambiental; de investigación-acción, educación e información en salud y de apoyo al desarrollo local y comunitario.   

Participación-Acción. Comunidad de Chelín. Alejandra Leighton Naranjo y Soledad Burgos De La Vega

Afortunadamente, para avanzar por esta senda no hace falta “inventar la rueda”, porque hoy todavía resisten en Chiloé (a pesar de los grandes golpes a la biodiversidad y monoculturalidad de la globalización neoliberal) una diversidad de saberes y prácticas de cuidado de la salud de raíces ancestrales y populares. Como propone Sousa Santos (2006) se vuelve necesaria una “sociología de las ausencias” dentro de nuestro sistema de salud, para frenar la invisibilización y discriminación de comunidades, pueblos y movimientos socioambientales que, participativa y soberanamente, ponen en práctica sus propios saberes en salud, con miras a un buen vivir colectivo. Este buen vivir, más allá de la ausencia de enfermedad, se relaciona siempre a un cuidado extenso de la vida, entendida como una profunda simbiosis de diversas entidades humanas, naturales y espirituales en el territorio. Un sistema de salud de Chiloé y para Chiloé debería re-imaginarse a partir de estos aportes desde los propios saberes y experiencias de las y los habitantes del archipiélago.

En las próximas semanas iremos presentando ejemplos concretos de acciones que desde este enfoque de salud colectiva y buen vivir, llevan a cabo personas, familias y comunidades en el archipiélago de Chiloé y en la región de Los Lagos, algunas en forma autónoma y otras en colaboración con los equipos de salud de sus territorios. 

Autores(as):

Ensamble ALAMES Sur Patagonia – MAT 
(Asociación Latinoamericana de Medicina Social – Movimiento por las Aguas y los Territorios)
Alejandra Leighton Naranjo
Andrés Varela Molina
José Osvaldo Vásquez Reyes
Natalia Picaroni Sobrado
Sebastián Medina Gay
Sebastián Nuñez Pacheco
Sindy Urrea Maturana
Soledad Burgos De la Vega
Vanessa Durán Sanzana

Re-Evolución en salud I: Construir Salud Colectiva para la post-pandemia en Chiloé

Construir salud colectiva para la post-pandemia en Chiloé

En un contexto de crisis en múltiples niveles y dimensiones, donde quizás la “punta del iceberg” ha sido la pandemia por Coronavirus (SARS-CoV-2 o COVID-19) y su brutal demostración de cómo las injusticias sociales enferman y matan principalmente a las y los vulnerados del modelo neoliberal, se hace una necesidad urgente organizarnos y orientarnos hacia formas alternativas de comprender y actuar colectivamente sobre los procesos de salud, enfermedad y de acceso a la atención.

Primero, debemos preguntarnos: ¿qué rol han tenido y tienen las instituciones estatales como el sistema de salud público para protegernos frente a este tipo de amenazas graves a toda la población insular? 

La respuesta parece obvia: quizás se logró retrasar un tiempo la entrada del virus a Chiloé, pero, paralelo a la pandemia, existe una crisis sociosanitaria histórica por la que los distintos gobiernos post-dictadura y su sistema de salud muy poco hacen frente a las desigualdades estructurales producidas por el modelo neoliberal-extractivista impuesto en nuestro archipiélago. Este sistema de salud, por más bien gestionado que esté y por más buena voluntad que tengan sus funcionarios, no apuesta por un proyecto centrando en la generación de un tejido social saludable ni en la armonización de los diversos procesos culturales.

Entonces, debemos seguir preguntándonos: ¿cómo llegamos a esto? ¿cómo es posible que nuestro sistema de salud se dedique principalmente a atender enfermedades individuales, olvidando las necesidades sociales, culturales y ecológicas del territorio? 

La respuesta ahora es más profunda: nuestro sistema se ha construido sobre algunas de las características históricas, epistemológicas y metodológicas de la llamada “salud pública tradicional” (o hegemónica) y sobre el rol formal de los Estados-Gobiernos en la “prevención de la enfermedad”. Según Edmundo Granda (2009), estas características serían: (1) una perspectiva filosófico-política que considera la enfermedad y la muerte como punto de partida para la explicación de la salud (enfermología pública); (2) formas numéricas y mecánicas para comprender la realidad social y para explicar el riesgo de enfermar en la población (positivismo-reduccionista); (3) ausencia de la participación popular en la toma de decisiones y el Estado como fuerza privilegiada para asegurar la prevención de la enfermedad (negación de las y los sujetos y sus saberes). 

Participación-Acción. Alejandra Leighton Naranjo y Soledad Burgos De La Vega

En Chiloé, así como en diversas zonas rurales del país, el sistema de salud público ha sido gestionado sobre una lógica del tipo “comando/control” por el gobierno central, es decir, se premia (o se castiga) a los que cumplen (o no) con los planes y programas generados en Santiago. Esto ha llevado a instalar actividades descontextualizadas a sabiendas de que muchas de ellas no son las más necesarias ni pertinentes para las particularidades de cada territorio. Ejemplos de ello sobran. Así, se hacen grandes esfuerzos de “re-adecuación” de estos planes por parte de equipos locales, pero siempre terminan chocando con la racionalidad economicista, centralista, monocultural y curativa que se impone sobre cualquier lógica integral del cuidado de la salud. Esta racionalidad va volviéndonos dependientes de “respuestas parche” en distintos niveles. Por ejemplo, al nivel de la atención clínica, se van repitiendo largos tratamientos con medicamentos (ansiolíticos o antidepresivos) frente a sufrimientos provocados por problemas mucho más profundos en la familia, la comunidad y el territorio, a los cuales se tiende a ignorar. A su vez, esta misma racionalidad desprecia y niega la profundidad y dinamismo de los saberes y prácticas tradicionales que, por largos siglos, se han sembrado y cosechado en Chiloé.

Por ende, si nos interesa que el sistema de salud público tenga realmente un rol en proteger la salud del territorio, es necesario dejar de trabajar como una máquina de producción de atenciones individuales ante la enfermedad, para repensarnos como un potente colectivo de personas, tecnologías, infraestructuras y saberes con mucha mayor capacidad para ser determinante en las transformaciones que vendrán en el archipiélago. Es decir, tenemos que politizar, volvernos agentes activos, reflexivos y críticos. Por fin, escapar de aquella enfermología pública para caminar hacia una verdadera Salud Colectiva.

Referencias

  1. Granda Edmundo. La salud y la vida. Vol. 1. Quito: Ministerio de Salud Pública del Ecuador/ OPS/OMS; 2009.

Autores(as):

Ensamble ALAMES Sur Patagonia – MAT 
(Asociación Latinoamericana de Medicina Social – Movimiento por las Aguas y los Territorios)
Alejandra Leighton Naranjo
Andrés Varela Molina
José Osvaldo Vásquez Reyes
Natalia Picaroni Sobrado
Sebastián Medina Gay
Sebastián Nuñez Pacheco
Sindy Urrea Maturana
Soledad Burgos De la Vega
Vanessa Durán Sanzana